Opinión: Una retrospectiva sobre el aislamiento que padecen los españoles por el Covid-19. Tercera parte

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Escrito por Quetzalina Lavalle Salvatori

Madrid, España.- El segundo fin de semana ha sido menos llevadero. Fue un viernes por la tarde cuando decidimos quedarnos en casa hasta que las cosas estuvieran más tranquilas. Sabíamos que era un tema serio y los rumores de que cerrarían Madrid ya sonaban más a hechos. Nos dio rabia porque habíamos planificado un viaje con los amigos a un pueblo cerca de la ciudad y la idea de cambiar la terraza al sol a nuestro salón al cual no le llega ni un rayo nos amargó la tarde.

Suena frívolo y en retrospectiva lo fue, pero aquel día no llegamos a comprender la magnitud de encerrarse en casa. Cierre de cines y teatros, veterinarios, peluquerías, papelerías, librerías y bibliotecas, por nombrar lo que se me viene a la cabeza. Nos cancelaron el concierto de abril para el que ya teníamos entradas.

De haber sido más consciente de lo que se nos venía encima, el jueves me habría echado una buena fiesta. Porque vamos a ser sinceros, puedo echar de menos mil cosas, pero lo que todos estamos deseando en esta ciudad apocalíptica es que nos permitan salir para poder ir corriendo a cualquier bar, al primero que veamos, y tomarnos algo. Benditos bares, ya estamos hartos de las mil recetas en casa y de la cerveza de lata, porque a pesar de que la sirvas en vaso, no es igual que una caña bien tirada.

No somos borrachos, ni superficiales. Nos duelen las muertes, nos angustian los enfermos que estos días se quedan sin respirador, todas las tardes aplaudimos en las ventanas a los médicos y enfermeras que se están jugando su salud para mejorar la nuestra. Es simplemente que el bar, como concepto abstracto, más que un lugar concreto, es una segunda casa, una casa por elección. Ya saben que dicen que tus amigos son la familia que escoges, es algo similar.

Al bar vas después del funeral del abuelo de tu amigo para alegrarle un poco el día, cuando quieres celebrar tu cumpleaños e invitar a tus amigos a la mejor botella de vino, cuando a tu amigo le dieron el trabajo que quería o le echaron del que amaba. Vamos al bar antes de la cena de navidad, en año nuevo a beber cava desde las doce del día hasta las cinco de la tarde, después de la procesión de semana santa, de pie en la barra al lado de los costaleros que cargaron a la figura del cristo.

Cuando vuelves de un viaje, cuando te corta tu pareja, cuando te sale un bulto en la barriga y estás preocupado, cuando discutes con tus padres. Al bar se va a llorar, a reír, a estar serio, a olvidarte de todo, a conocer a gente nueva, a redescubrir a tus viejos amigos, a recordar a quienes no están. Al bar se va siempre que se puede.

Estar en un bar es estar tú y tus seres queridos, pero también otras quinientas personas que comparten las mismas manías, están los que prefieren la barra o los que son más de mesa, los que prefieren caña tirada o un doble, los que dicen que el botellín sabe mejor que el tercio, los de vino tinto y los de blanco, los abstemios de coca-cola zero y cerveza sin alcohol, los sibaritas que piden IPA, red ale, la Estrella de Galicia con sabor a pimiento de padrón. Los que son del Madrid, los que son del Atlético, los que son del Getafe y a los que nos importa un pepino el fútbol, pero después de una larga semana nos apetece ser parte de la emoción colectiva.  Estar en un bar es conocer al camarero o al dueño y que como reconocimiento de tu estatus de cliente fiel siempre te pregunte qué tapa quieres con tu bebida y te ponga el doble de lo necesario para acompañar a tus 20 centilitros de Mahou. Estar en un bar es hacerte amigo de quien está detrás de la barra y que a las tres de la mañana cierre la cortina y te deje las copas más cargadas y menos caras, te saque un cenicero y os pongáis a fumar. Y cuando cierre su bar te vas con él a buscar otro para volver a compartir ese espacio y vuestra historia.

Para mi un bar es donde he llorado y el extraño de al lado me ha dado un abrazo, donde conocí a dos acapulqueños que me hicieron pozole y me trajeron mezcal cuando volvieron, donde bebo gin tonic a las tres de la tarde y me caigo de la silla y al día siguiente la camarera comparte conmigo una mirada cómplice cuando vuelvo con los suegros, donde conocí a mi pareja. He aprendido el madrileño y lo castizo en estas escuelas y han sido estos templos parte de lo cual me enamore de esta ciudad, hoy enferma y asustada.

Ojalá pronto volvamos a los bares, madrileños, a llorar a nuestros muertos, a celebrar a nuestros médicos, a abrazar a los curados, a besar a los amigos, a compartir la euforia de tener que estar juntos en la distancia.

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