Opinión: La cotidianidad perdida en el confinamiento; una retrospectiva del aislamiento que sufren los españoles II Parte

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Escrito por Quetzalina Lavalle Salvatori

Madrid, España.- Hoy se cumple una semana sin poder salir de casa. 6.777 casos en Madrid desde la última vez que vi los datos. Esta mañana la radio me despertó a las siete de la mañana anunciando que el jefe de gobierno italiano extiende el confinamiento hasta nuevo aviso. Lo apago y me vuelvo a dormir, no me gusta pensar en un mes aquí encerrada. Las bromas ayudan, la cerveza, aunque tenga que ser en el salón, también. Leemos, escribimos, tenemos una lista de películas y series, hemos reorganizado los libros, hemos limpiado la casa a fondo y aún así hay horas que se atascan en el reloj.

Hoy salí de casa a tirar la basura. Mi calle, una arteria que lleva hasta el corazón conocido como la estación de Atocha, estaba casi vacía, vi pasar cinco coches y algún autobús que iba vació. Miro los comercios, las flores del escaparate de la floristería se están marchitando, no hay cola en la oficina de la lotería, ya no hay sueños para ser millonario. La librería-cafetería que hoy, por ser el día del padre, estaría a reventar con nuestros vecinos, tiene la cortina cerrada. Sólo en las farmacias y en los supermercados ves gente formada en línea, muchos con cubrebocas y guantes. La cola parece más larga de lo que es porque estamos obligados a respetar el metro de distancia entre uno y el otro y sólo cierto número de personas pueden estar en el recinto a la vez.

Resulta extraño ver a tu barrio tan distinto, tan vacío, sin tu amigo el peluquero que te saluda cuando pasas por su puerta mientras se fuma un cigarro o sin la portera de tu edificio formando hablando con otros tres vecinos en el portal, aprovechando el sol que da de lleno por la mañana. Tendría que ir a hacer la compra, pero me da una pereza tremenda, o a lo mejor es ansiedad por tener que seguir todas las indicaciones. Bajo la calle que lleva a los contenedores y me doy cuenta de que mi frutería está abierta, desde lejos el frutero me saluda con sus guantes de látex negros y su mascarilla rígida, y antes de volver a encerrarme en casa pienso que no sería mala idea comprar unas manzanas y una barrita de pan.

Hay tres sitios sagrados para mí en el barrio. El primero, por supuesto, es el bar. Todo habitante de esta ciudad tiene seleccionado su predilecto, la parroquia, donde va religiosamente. La segunda es la panadería, que tuve que seleccionar cuidadosamente cuando llegué hace dos años a vivir a esta casa. Las reglas para señalar a la elegida entre las demás son claras. Hay que examinar, basándose en la apariencia, el sabor y la textura del día después, si el pan es congelado o si verdaderamente lo hacen en el horno diariamente. Probablemente ya tengas tu tipo de barra predilecto, pero siempre hay que osar a probar todas: la pistola, la baguette, el pan gallego, la de picos o la hogaza. Después de todo esto, hay que tener estudiado a qué hora hacen el pan e intentar ir lo más justo posible para evitar la cola y salir con una barrita caliente en tus brazos, todo para que a medio camino de tu casa el olor te abra el apetito y te termines comiendo el pico, ese extremo que sobresale de la bolsa de papel y que te tienta sensualmente. Cuando te comas parte de tu barra en la calle tres veces seguidas, sabes que harás esto religiosamente también, probablemente no todos los días, pero sí por lo menos tres veces por semana.

Finalmente está la frutería, donde compro pimientos para las lentejas, los tomates para la ensalada y la fruta para los postres después de cada comida. Aquí el truco está no solo en elegir la calidad del producto, sino también en saber valorar a la persona que te atiende. Mi frutero, que me saluda desde la otra calle, siempre me hace la plática mientras pasa los productos, ya sabe que soy mexicana y de vez en cuando me consigue chiles de mordida y se ríe diciéndome ‘un mexicano no es mexicano si no le gusta el picante, así como nosotros no seríamos árabes si no nos gustaran las especias’. Me perdona de vez en cuando los tres céntimos que se quedan sueltos en la cuenta o no me cobra las bolsas cuando se me olvida llevar la mía. Sabe que prefiero el plátano canario a la banana y me avisa siempre que hay de los primeros pero los tiene en el almacén, para acto seguido sacarme unos cuantos. Más de una vez me he dejado el dinero en casa y me ha dejado llevarme la bolsa con la compra y luego ir a pagarle ¡que hay confianza, mujer!

Así que entro a su tienda hoy desierta, un oasis de color, casi todos los estantes están llenos porque todos están haciendo cola en el supermercado. He pillado manzanas, peras, limones, cebollas y ajos. Hoy no ha habido conversación más que ‘qué molesto es esto de la mascarilla’, no me ha perdonado ningún céntimo porque ante esta crisis solo se puede pagar con tarjeta, no hay setas ni fresas frescas para darse un capricho, entra un distribuidor y le comenta ‘pues hoy no te traigo nada, no hay’ y en lo poco del rostro que asoma sobre su cubrebocas veo preocupación, igual que a todos los dueños de pequeños negocios en el país. Cuando meto todo en la bolsa y salgo por la puerta me dice ‘cuídate’ y yo le deseo lo mismo, de corazón.

En mi panadería estamos dos y hay solo alguna que otra barra, pistolas solo, el mostrador que suele estar rebosado de bizcochos caseros está vacío. El pan no está recién hecho, porque no estamos para antojos. Hoy no he podido oler el embriagador aroma de masa cocinándose, ni comerme el pico de mi barra porque debo llevar la nariz y la boca cubiertas.

Vuelvo a casa esperando que cuando salga de nuevo nada sea igual a hoy.

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